El apego. Primeros meses de vida

La teoría del apego de John Bowlby explica el vínculo que como bebés desarrollamos con nuestro cuidador principal o figura de apego a lo largo de nuestros primeros ocho meses en el mundo, vínculo que va a determinar en gran medida la calidad de nuestras relaciones afectivas e interpersonales durante el resto de nuestra vida.

Venimos al mundo predispuestos biológicamente para desarrollar una relación con uno de nuestros cuidadores (sólamente uno) con el fin de conseguir una fuente de seguridad que cubra nuestras necesidades, una base a partir de la cual poder explorar el mundo que tenemos a nuestro alrededor y desde donde comenzar a elaborar una visión de nosotros mismos y el otro. Es importante aclarar que la figura de apego no ha de ser necesariamente la de la madre, sino aquella figura por la que tras los primeros días de vida el bebé empieza a sentir predilección, con la que pasa más tiempo y quien más calma su ansiedad.

INVESTIGACIÓN

Con el fin de estudiar el fenómeno del apego y observar los diferentes tipos que es posible desarrollar, Mary Ainsworth diseña la situación extraña, un proceso de laboratorio que implica el estudio de niños de 11 o 12 meses de edad, momento en que la relación ha de estar ya establecida, en su interacción con la figura de apego y con un adulto (extraño) en un entorno no familiar. La situación extraña está diseñada para comprobar la calidad de la relación entre el bebé y su cuidador/a , por lo que durante la observación son de especial interés las reacciones del niño al separarlo de su figura de apego y cuando vuelve a reunirse con ella.

Gracias a este procedimiento Mary Ainsworth observó tres patrones diferentes de relación entre los bebés y sus cuidadores principales:

1. Apego Seguro: En este caso los niños se sienten lo suficientemente seguros para explorar libremente durante los episodios antes de la separación. Muestran angustia cuando la figura de apego se va y reaccionan con entusiasmo cuando vuelve. Esta pauta se dio en 65% de los bebés.

2. Apego inseguro-evitativo: Los bebés incluidos en esta pauta muestran poca angustia ante la separación y cuando la figura de apego vuelve tienden a evitarla. Este caso se dio en un 25% de los bebés que se observaron.

3. Apego inseguro ambivalente-resistente: El bebé da muestra de angustia a lo largo de todo el procedimiento, especialmente durante la separación. Las reuniones con quien le cuida producen una mezcla de liberación al verlo y enfado dirigido a él. Esta pauta se dio sólo en un 10% de los bebés.

4. Apego desorganizado: Este tipo de apego fue propuesto más adelante por una colaboradora de Mary Ainsworth para describir los casos en que se observa que los niños no poseen una estrategia para organizar su conducta ante una posible situación de estrés para ellos. El comportamiento de estos niños parece reflejar la vivencia de conflictos, miedo o confusión con respecto a su figura de apego.

En este video se muestra cómo actúa un bebé con apego seguro. Gracias a esta relación con su cuidador podemos esperar que este bebé a lo largo de su vida tienda a ser cálido, estable y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el dominio intrapersonal, positivo, integrado y con perspectivas coherentes de sí mismo.

¿De qué depende que desarrollemos un tipo de apego u otro?

Existen varios factores que afectan a la calidad de este vínculo, tanto por parte del cuidador como por parte del bebé. Para un apego seguro es necesario que la figura de apego haya considerado la llegada del bebé como algo positivo, aceptándolo, estando accesible para él, siendo sensible a sus necesidades y cooperando con él. A la vez, un temperamento «fácil» del bebé también puede ayudar al cuidador a cumplir sus funciones de una manera óptima.

El estilo de apego que hayamos adoptado durante nuestro desarrollo como bebés puede influir no solo en nuestras relaciones futuras ya desde los primero años de vida, sino también a nuestra función como padres o madres, hecho importante teniendo en cuenta que existe una gran concordancia entre el estilo de apego de un bebé y el estilo de su cuidador. Sin embargo nada de lo anterior es determinante. Aun habiendo tenido un desarrollo en base a un apego no seguro, podemos tener experiencias posteriores transformadoras (dentro de las cuales se encuentra la psicoterapia) y generarse otro tipo de apego que contribuirá positivamente no solo al bienestar individual sino también en nuestras interacciones con los demás.

Sobre comunicación y mensajes ocultos

En los últimos años ha surgido un creciente interés por lo que se denomina Comunicación no verbal. Cuando como receptores de la comunicación recibimos un mensaje verbal que por alguna razón creemos que lleva detrás un mensaje oculto, generalmente reaccionamos al segundo. ¿Por qué? El investigador Albert Mehrabian tras estudiar este fenómeno descompuso en porcentajes el impacto de un mensaje, concluyendo que en una conversación cara a cara el componente verbal es un 35% y más del 65% es comunicación no verbal.

El Análisis Transaccional explica este fenómeno por medio de uno de sus conceptos claves, el concepto de Transacción. Una transacción es la unidad de acción social, consiste en un sólo estímulo y una sóla respuesta, verbal o no verbal. Me extendería demasiado si tratara de explicar aqui la teoría de la comunicación y la personalidad que Eric Berne desarrolló, sin embargo, creo que puede ser útil hablar, en relación con la comunicación no verbal, de las transacciones ulteriores.

A lo largo de una conversacion puede ocurrir que una transacción verbal vaya acompañada de otra transacción no explícita verbalmente pero que genera un impacto en nosotros. Las transacciones ulteriores son estas transacciones que acompañan a las verbales y que son ambiguas e implícitas, y por tanto, pueden ser interpretadas de varias maneras. Mientras el mensaje explícito distrae a la parte Adulta, analítica y lógica del receptor, el mensaje ulterior nos confunde, y puede ser el inicio de una comunicación poco íntima y poco sana con beneficios negativos para ambas partes.

En este fragmento de la película ‘El Indomable Will Hungting’ podemos ver el efecto de las transacciones ulteriores en la comunicación. Existen muchos matices que se podrían analizar a lo largo del video sin embargo, me voy a centrar en la conversación sobre historia que aparece en él. A pesar de que el contenido de esta conversación contiene preguntas y respuestas sobre temas académicos vemos cómo las miradas, el tono de voz, los silencios, etc. dejan claro que se está intentando decir algo más, algo implícito a lo que se está prestando atención y que es a lo que el interlocutor responde, dejando a un lado el contenido puramente verbal. Matt Damon saca a la luz el mensaje ulterior cuando pregunta ‘¿Te montas esa historia para impresionar a unas chicas y avergonzar a mi amigo?’ haciendo así explícito y concreto lo implícito y ambiguo.

El peligro de las etiquetas

De un tiempo a esta parte la psicología y la psiquiatría han ido encontrando un lugar importante en nuestra sociedad. Cada vez somos más conscientes de la importancia de la salud mental y por ello hemos comenzado a trabajar en encontrarnos bien psicológicamente como manera de mejorar nuestra calidad de vida. Conceptos como ansiedad o depresión se han vuelto muy familiares y los utilizamos en todo tipo de contextos, sin embargo en ocasiones el uso de términos relacionados con la psicología y la psiquiatría han creado más problemas que beneficios. Vivimos en un mundo en el que se ha normalizado el uso de etiquetas diagnósticas, y eso conlleva ciertos peligros.

Las etiquetas diagnósticas, es decir, los nombres de los diferentes trastornos psicológicos, surgieron para facilitar la comunicación entre profesionales de la salud mental. Al decir que un niño había sido diagnosticado con hiperactividad todo el equipo de profesionales que estuviera tratando a ese niño podía entender qué tipo de síntomas y comportamiento podía estar mostrando ese niño. Sin embargo, con estas etiquetas no se puede saber las causas de ese comportamiento, ni el contexto en el que éste se hace más patente, por lo que esa etiqueta simplemente es un punto de partida a partir del cual investigar y ayudar al paciente.

El etiquetar a un paciente como hiperactivo, bipolar, o depresivo tiene el riesgo de que la persona se identifique con esa etiqueta, que justifique su comportamiento inadaptado y le de rienda suelta para seguir «siendo» un enfermo mental. Las etiquetas diagnósticas pueden limitar el desarrollo del potencial de la persona diciéndole lo que es y no lo que podría llegar a ser.

Las personas nos adaptamos al mundo en el que vivimos de la mejor manera que encontramos, aunque eso suponga en ocasiones comportamientos que puedan considerarse inadaptados y se puedan encasillar teóricamente dentro de un trastorno de los que aparecen en el DSM-IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales). ¿Para qué ponerle entonces un nombre con connotaciones negativas a las personas con un comportamiento y/o sentimiento determinado si éstos le han servido para sobrevivir y adaptarse a su situación individual? ¿No sería mejor plantearse cómo desechar lo que ya no le sirve porque le hace sufrir para poder crecer y ser más feliz? ¿Es estrictamente necesario decir a alguien lo que «es» según un libro?

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