Postparto o cómo quedarse con la autoestima por los suelos

By 26 noviembre, 2015 marzo 4th, 2016 Artículos

El otro día quedé con una amiga del colegio. Ha sido mamá hace cuatro meses y cuando nos vimos lo primero que dijo es «creo que he tocado fondo, tengo ganas de llorar». Me confesó que había estado leyendo mis posts la tarde anterior y me pidió que el siguiente tratara sobre por qué las mujeres tienen tan baja autoestima durante su baja por maternidad. Y aquí estoy, escribiendo esto en vez de recoger lo que parece el escenario de un ataque aéreo con juguetes, babas y galletas de destrucción masiva.

depresion-pospartoLo primero que creo que hay que aclarar es que no todas las mujeres tenemos baja autoestima durante el postparto y la baja maternal, aunque sí es bastante frecuente.

La autoestima no es más (ni menos) que la valoración que hacemos sobre el concepto que tenemos de nosotros mismos. Es decir, si tal como yo me veo me gusto o no. Esto tiene trampa porque cuando nuestro autoconcepto se basa en cosas externas- como lo que se tiene, lo que se hace o el aspecto físico (entre otros)- es más fácil que la autoestima se tambalee y que la maternidad se convierta en un tsunami aún mayor de lo que de por sí es. Al fin y al cabo al ser madre se deja de trabajar unos meses, de tener tiempo y el cuerpo a veces se convierte  en otro completamente diferente, todo lo externo cambia.

Muchas veces se valora a las personas en términos de éxito o fracaso, es decir, en términos de lo que hacemos. Peor aun, de si lo que hacemos está bien o mal. Pero, ¡ojo!, lo que la gente o nosotras mismas consideramos éxito en el postparto ( que el bebé duerma en la cuna, que se enganche a la teta ya mismo, que duerma varias horas del tirón, que coja el biberón, etc.) son expectativas que no tienen por qué ser realistas en base a las necesidades y ritmos tanto de la madre como del bebé. Y claro, al no conseguirlo la sensación es de: no valgo para esto. En realidad, lo que dice la ciencia (no lo digo yo) es que el único éxito sería conseguir que el bebé estuviera lo más tranquilo posible y que para ello la mamá lo estuviera también. Qué cachondos los científicos, dirás…

Todo el mundo entiende lo que tranquilo significa para un bebé: que se angustie lo menos posible. ¿Y para eso qué es lo que se puede hacer? Pues escucharle, entenderle y darle lo que necesita. Todo lo que se salga de esto y entre en el terreno de meterle caña para que haga cosas, no está dentro de lo que la ciencia diría que el bebé necesita (si alguien tiene dudas al respecto que me lo diga en los comentarios y amplío información).

¿Y para la madres? ¿Existe una «recién madre» tranquila?- te preguntarás. Puede que no puedas llegar a tu estado máximo de relajación en esta etapa, pero sí alcanzar la mayor paz interior posible. ¿Y cuál es el secreto? Pues exactamente lo mismo que haces con tu bebé: escucharte, entenderte y darte lo que necesitas. No es fácil, pero sí posible, desarrollar la capacidad para transmitir con amabilidad a toda esa esquizofrenia transitoria que llevas por dentro en el postparto que estás ahí para ti misma. Y juro que ayuda, ayuda un montón.

Cierto, los límites entre el bebé y la mamá son tan difusos que a veces no sabes ni lo que sientes. Aquí es donde el papel del papá y el resto de allegados es fundamental. Atención a mi mensaje para todos ellos: aprended a escuchar. Y no, escuchar no es dar consejos,  ni consolar, ni juzgar. Escuchar es ponerte en la piel de la mamá y entenderla. Os sorprenderéis de lo que será capaz de hacer cuando se sienta aceptada, comprendida y apoyada.

No me quedo a gusto sin lanzar al aire una moraleja. Dejemos de valorar a las personas por lo que hacen y empecemos a quererlas por lo que son, con sus luces y sus sombras. Empecemos a hacer de este mundo un mundo en que la autoestima no dependa más que del valor que nos damos por el simple hecho de existir, y a partir de ahí será más fácil decidir cómo queremos actuar, lo que queremos tener y el aspecto que queremos mostrar. Solo así seremos capaces de transmitirles a nuestros hijos que no tienen que hacer nada para ser valiosos, lo son desde el momento en que empezaron a existir.

Y ahora, voy a ver si soy capaz de despegar las galletas aplastadas del suelo.

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